martes, 15 de octubre de 2013

PARA CONOCERSE UNO A SÍ MISMO


Querido Samuel:
γνῶθι σεαυτόν, "Conócete a ti mismo", tal era el aforismo que estaba inscrito  en el pronaos del templo de Apolo en Delfos.
Hoy deseo compartir contigo que esta ardua tarea de conocerse uno a sí mismo se me antoja una meta cotidiana que ha de renovarse día tras día. Es como una obligación ineludible si no queremos renunciar a nuestra propia dignidad humana.
¡Cuán equivocados están todos aquellos que desprecian la filosofía como tarea inútil y estéril! 
Sabes bien como fácilmente uno se encuentra con el desprecio de aquellos que han renunciado al cultivo de la amistad con la sabiduría, que en eso consiste precisamente la filosofía.
Para los de mente materialista y corazón espeso la filosofía "no da de comer". Olvidan, sin embargo, que "no sólo de pan vive el hombre", y que una existencia plenamente humana no se alcanza únicamente llenando el estómago y satisfaciendo el apetito de los sentidos.
¿Por qué habríamos de conformarnos con saciarnos tan sólo del forraje de las algarrobas cuando están a nuestro alcance tantos manjares aptos para el deleite de nuestro espíritu?
El consumo masivo y exclusivo  de algarrobas que podemos constatar en nuestros días, metafóricamente hablando, nos está indicando hasta que punto tan alarmante se extiende la miseria espiritual y el imperio del "pensamiento débil".
Aceptar el reto de conocerse uno a sí mismo implica la valentía de no renunciar a los dolores del parto a sabiendas de que tras el doloroso alumbramiento sobreviene el gozo de la vida.
Hay que estar dispuestos a sufrir los estertores y sufrimientos que comportan  el parto de la sabiduría y de la verdad que anidan en nuestro espíritu para gozar de la calidez y del brillo de su luz.
¿No te parece que renunciar a ello es renunciar a nuestra más preciada posibilidad, precisamente la que nos define como seres espirituales, racionales y por lo tanto humanos?
Nuestra vida puede transformarse en un alumbramiento cotidiano de verdad y de sabiduría; en un parto doloroso, pero festivo y vivificante, de luz y nueva vida.
Es magnífica la concepción que Sócrates tenía de la filosofía. La observación de su propia madre, que ejercía de comadrona, le sirvió para ejemplarizar la misión del filósofo que consiste en ayudar a los otros a dilatar la mente y el espíritu para parir la sabiduría y la verdad que se gestan dentro de nosotros mismos.
Ese mismo proceso, querido amigo, podemos descubrirlo en la historia de la humanidad donde las sucesivas generaciones van incrementando el patrimonio de sabiduría y alumbrando nuevos trechos de conocimiento y verdad.
Somos herederos de un patrimonio inmenso que nos han legado la multitud de pensadores, de filósofos, de científicos, de teólogos,de hombres y mujeres que a lo largo de los siglos se han empeñado en la búsqueda nobilísima de la auténtica sabiduría, del bien y de la verdad; patrimonio  que no debiéramos ni ignorar ni despilfarrar, convirtiéndonos de ese modo en herederos indignos de tan valioso legado.
Estoy firmemente persuadido, querido Samuel, que para disponerse a ese "parto" con garantías de éxito es del todo imprescindible el presupuesto de la HUMILDAD. La soberbia  intelectual, la arrogancia espiritual terminan por abortar la sabiduría, el bien y la verdad.
Hemos de construir sobre lo que ya está edificado y bien cimentado. Hemos de ir edificando piso sobre piso para que el edificio vaya creciendo en altura. Somos eslabones de una cadena que se van engarzando los unos en los otros.
Si cada generación cae en la arrogancia de partir siempre de cero, despreciando los desvelos y los logros alcanzados con esfuerzo y tesón por los que le han precedido, el resultado será siempre el fracaso estrepitoso.
No se avanza mediante la duda permanente como sistema, ni entregándose a una enfermiza desconfianza, sino más bien edificando sobre las certezas heredadas y añadiendo nuevas certezas.
En nada contribuyen al progreso de la humanidad los sofistas de todos los tiempos.
Los resultados de la arrogancia intelectual están bien a la vista y podemos comprobarlos amargamente en el nihilismo, en el materialismo, en la pérdida de todo sentido y dimensión transcendente del ser humano, en la aparente imposibilidad para encontrar un sentido coherente a la historia de la humanidad y a la propia existencia; en la violencia de los sistemas totalitarios no sólo políticos, sino también de pensamiento único que se esconden bajo apariencias democráticas y de falsa libertad.
Quizás nunca la humanidad ha pagado un precio tan alto por las estafas filosóficas como el que están pagando la modernidad y la posmodernidad.
La dictadura del pensamiento único ha declarado la guerra a la misma razón humana. La verdad no existe por sí misma, sino que se "crea" y se "inventa". No existe una verdad "objetiva", sino trozos de verdades, y hasta verdades contrapuestas y contradictorias, pero que se califican todas de "verdad".
Se niega con cinismo cualquier posibilidad de que la razón humana pueda alcanzar la verdad. Ya la verdad no es más la adecuación del pensamiento humano con la realidad y el ser de las cosas. Ya no se permite a la razón ir más allá de aquello que se puede contar, pesar y medir. Se acaba por negar la validez del conocimiento especulativo para aceptar como único dogma el conocimiento de la ciencia experimental, amputando de este modo las posibilidades y el alcance de la razón y del conocimiento humano.
La degeneración del pensamiento humano y la dictadura del relativismo y del pensamiento único y uniforme ha llegado a la desfachatez de la persecución implacable contra el derecho a sostener racionalmente una concepción creacional del universo y del ser humano.
Sin ceder al fatalismo podemos afirmar que nos encontramos ante la más cruel, cínica e irracional dictadura de pensamiento jamás sufrida por la humanidad. La sana filosofía sobrevive permanentemente asediada y atormentada bajo las botas de las ideologías imperantes.
No faltan quienes para consolarse afirman que el tiempo de las ideologías se ha terminado. Es mera apariencia, pues aún concediendo que las masas hayan abandonado la militancia en las ideologías, sin embargo aquellos que las manejan y conducen lo hacen desde una clara y radical militancia ideológica.La búsqueda del poder y del dinero pueden constituirse de facto en las más perniciosas de todas las ideologías.
Conocerse a sí mismo es propósito inalcanzable cuando se rehuye la pregunta sobre los propios orígenes. Y planteamiento de solución imposible cuando se parte del error mismo sobre el propio origen.
Partir "a priori" de la nada, de la casualidad o del sin sentido es entregarse de lleno en manos del más terrible fatalismo y cercenar las inmensas posibilidades de la razón y del espíritu humano.
¿Podemos confiar en el alcance de la razón humana para hallar una respuesta sobre nuestro origen, sabedores y conscientes de que en ello va el verdadero conocimiento sobre nosotros mismos y sobre el sentido de nuestra propia existencia? ¿Podemos fiarnos de la sabiduría natural que ha guiado los pasos de la humanidad iluminando el camino de las generaciones que nos han precedido desde la noche de los tiempos?
Hago mías las palabras de Pablo de Tarso: " En efecto, lo cognoscible de Dios es manifiesto entre ellos -refiriéndose a los gentiles-, pues Dios se lo manifestó; porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras. De manera que son inexcusables, por cuanto, conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se entontecieron en sus razonamientos, viniendo a obscurecerse su insensato corazón; y alardeando de sabios, se hicieron necios, y trocaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de la imagen del hombre corruptible y de aves, cuadrúpedos y reptiles".
Mi querido Samuel, es contemplando las obras de Dios, la creación, las creaturas y a nosotros mismos que podemos encontrar la respuesta sobre nuestro origen y a partir de ahí, y sólo a partir de ahí, comenzar a conocernos a nosotros mismos y hallar la respuesta sobre el  sentido de nuestra vida y sobre el alcance verdadero de nuestra existencia.
¡Ojalá estemos firmemente persuadidos de este único camino que nos libra de la insensatez y de la necedad imperantes!
Cor unum et ánima una.
Jonatán

domingo, 6 de octubre de 2013

VIVIR Y MORIR DE AMOR



Querido Samuel:
Resulta consolador y gozoso el comprobar como las palabras que pronunciamos o escribimos, cuando abrimos el corazón al amigo verdadero, no se pierden en el olvido.
Una persona amiga me ha enviado estas letras que yo mismo dirigí a un grupito de amigos hace más de trece años. Yo no lo recordaba, pero la persona amiga sí. El mero hecho de conservarlas me manifiesta la verdad y la profundidad de su amistad, pues la palabra del amigo no puede ser hoja marchita que se lleva el viento.
Quizás hoy hubiese matizado algunas cosas, añadido otras. Quizás habría subrayado más determinados aspectos. Sin embargo, prefiero dejarlo así, tal y como brotaron del corazón y fueron escritas a vuelapluma.
Hoy deseo compartirlas contigo para que te asomes un poco más al interior de mi alma:
"Si bien esta vida terrena está llena de amarguras y de dolor, de sufrimientos y de penas, sin embargo la meta última a la que estamos llamados es la felicidad plena y desbordante.
¡Cómo se agarra nuestro corazón a esos momentos velozmente pasajeros de felicidad y dicha!
Porque venimos de Dios y Dios nos llama hacia Sí. Venimos de la Felicidad misma que es Dios y somos atraídos a la Felicidad Suma, como no hay otra, que es el mismo Dios.
Yo quiero dar gracias al Señor, cantar a Dios, porque sembró en mi corazón la apertura a la dicha, a lo bello, a la felicidad que proporciona lo cotidiano. Tanto porque es obra suya como porque nos remite a Él.
Ante la belleza de las cosas diarias el corazón se esponja y siente más deseos de Dios, se anega en añoranzas de este Dios nuestro que es todo Amor y Belleza y Misericordia.
Quien ama sólo puede desear el bien del amado. Y Dios nos ama. Nos ama tanto que no cesa de agasajarnos con su Amor infinito. Y derrama tanto amor en nosotros que desea que lo transmitamos, quiere que desborde su Amor en nosotros hasta el punto de que llegue a transformar cuanto y a cuantos se cruzan en nuestro caminar.
El amor  cuando es de Dios sale hacia afuera y quisiera transformarlo todo, transfigurarlo todo, llenarlo todo de luz y de belleza. Desearía salpicarlo todo de ese destello radiante que no es otra cosa que la luz del mismo Dios.
El amor es felicidad inmensa. Hace eterno cada segundo y penetra el corazón de las creaturas y de las personas. A su luz la belleza y la bondad de las criaturas se realzan sobremanera, hasta el punto de poder ver a Dios en todas las cosas, mejor a ver la mano de Dios en todas las cosas.
 Pero el amor es sufrimiento y a menudo dolor profundo y despiadado. Lo es cuando no se ve correspondido, cuando es minusvalorado, cuando es menospreciado.
No hay mayor sufrimiento para el que ama que encontrar la frialdad -real o aparente- ante el amor ofrecido. La frialdad real es como una espada que atraviesa el corazón del amor; la frialdad aparente sólo aporta incertidumbre y desconfianza. La frialdad descorazona, rompe el corazón, lo abate y lo hiere. Comienza así el martirio del que ama. Por el contrario el amor es comunicación, es gozo, es un deseo de ahondar más y más en la esencia y en la fuente del mismo amor. El amor trae alegría y serenidad, aliento frente a la dificultad, ánimo en cada batalla, esperanza en cada noche, fortaleza en medio de la debilidad.
Pero cabe una pregunta, ¿se puede acabar el amor? ¿Podría la frialdad llegar a matar el amor?
"El amor no pasa nunca", no muere nunca. Pero el que ama, sí puede morir de amor, y también a causa del desamor.
El que ama busca la felicidad del otro. El amor que es ágape desearía que los otros compartiesen la mesa del amor, la dulce luz que brota de toda belleza, el calor de la conversación amiga y serena, la dulzura de la paz, la llama de la felicidad. Y ahí comienza la tortura y la propia muerte. Es una muerte de asfixia, muerte lenta, dolorosa y terrible muerte, cuando el que por amor abre la mesa y sirve  se encuentra sin comensales. Sobreviene la muerte cuando ante la luz de la belleza los rostros no se dulcifican, cuando el calor de las conversaciones es congelado por la frialdad de las palabras y de los gestos del amigo. Sobreviene la muerte cuando la paz serena y dulce es martirizada por la violencia interior y exterior que torna duras las palabras, agrios los sentimientos y rígidos los rostros. Sobreviene la muerte cuando la felicidad no se acoge ni se contagia, no se disfruta ni se regala en la plena y gozosa gratuidad de los gestos más sencillos y cotidianos. Entonces y sólo entonces concedamos al que ama que se retire a morir. A morir no de odio, sino precisamente de amor. Lo hemos herido de muerte por haber matado el amor. Y será mejor que se retire a morir el solo de amor, que por vivir, vivir sin amor y morir de odio.
El amor tiene un fruto dulce, sabroso y jugoso que se llama hermandad, fraternidad. No es fruto abundante, porque tampoco es árbol común. Árbol delicado, fruto exquisito este del que te hablo.
Comenzaba dando gracias a Dios por la siembra en mi corazón, siempre abierto a la belleza y al gozo, a la luz y a la bondad. No porque posea yo esto, sino porque de Él he recibido siempre el saber apreciarlo y gustarlo cuando me es dado. Y me sabe a gloria.
Me gustan el mar y las flores, los niños y las puestas de sol. Me enamora la luna y me arrebatan las fragancias suaves.Me encanta el olor a tierra mojada. Me asombran los logros que los hombres y mujeres han alcanzado en la larga historia de la humanidad.
Los cantos alegres de las gentes llenan de música mi corazón. Me saltan las lágrimas ante las muestras de fe y de piedad de las gentes. Me enloquece la gente alegre y que le brillan los ojos por su candor y sencillez. Toco el cielo ante la presencia de un sacerdote o de un consagrado que reflejan el gozo de su entrega a Dios.
Me roban el corazón los jóvenes y los ancianos que respiran fe y esperanza. Y me gusta hablar, abrir el corazón y escuchar. ¡Me encanta escuchar a quien me regala su palabra y su mirada de bondad!
Y sueño, sueño mucho, tengo muchísimos sueños en los que desearía ser todo de Cristo y que todos lo fuesen de Él. Sueño con una conquista de almas y del mundo para Jesús y para María. Sueño con que un día todos seamos y nos sintamos hijos de este Dios tan maravilloso y hermanos entre nosotros. Sueño, siempre sueño.......todos los días y a cada minuto......
Y tantas, tantísimas otras cosas bellas y hermosas...
Sin todo ello no se vivir, no quiero vivir.
Prefiero morir de amor.
Y pido perdón si no se soportar lo contrario porque me ahoga, me mata.
Pido perdón porque desearía que todos gozasen y vibrasen.....
Pido perdón porque no todos pueden quizás o no saben manifestar lo mismo.
Pido perdón por no saber amar a la manera de cada uno.
Mi silencio, mi apartamiento es sólo una bocanada para poder respirar.

Me siento morir por dentro y quisiera aún vivir, pero sólo para encontrar a otros que quieran amar".
Mi querido amigo Samuel: Cor unum et ánima una
Jonatán

viernes, 14 de junio de 2013

EL VICIO SUPREMO


Querido Samuel:
¿Recuerdas que dice Oscar Wilde que el  vicio supremo es la superficialidad? ¿Y que este vicio es el vicio dominante de nuestra sociedad?
Oh sí, la superficialidad a menudo se reviste de trapos de bajo coste que dan el pego. Se maquilla para desfigurar la expresión de su rostro atolondrado. Se pinta la cara pero nunca mejora su aspecto. Se blanquea los dientes para tratar de deslumbrar y desviar la atención de quien tiene enfrente. La superficialidad se engola pronunciando dichos, palabras y eslóganes que han paseado por sus oídos, pero jamás se han detenido en su inteligencia.
La superficialidad se viste como una reina, pero sus vestidos no dejan de ser género de mercadillo que se compra a precio tirado en los últimos restos del puesto de saldo. Se presenta enjoyada, pero sus alhajas son de poco valor y mucha apariencia. Sus brillos son mera fantasía y oropel.
La superficialidad es la filosofía de moda cuyo aprendizaje da comienzo en las edades más tempranas. Se cursa, sin necesidad de pagar matrícula, a lo largo de los años sin interrupción. Es materia fija en todos y cada uno de los cursos de cero a cien años. Tiene la ventaja de que para su aprendizaje se puede prescindir de libros, sobre todo de los buenos, clásicos y abultados.
Es materia que se va asimilando de manera muy pedagógica y se imparte utilizando los más modernos medios tecnológicos, siempre a disposición de las masas deseosas de doctorarse en la disciplina de moda y adquirir el mayor de los vicios, hoy transformado en virtud para todas las capas sociales.
Es la expresión de una nueva religión que se presenta revestida de un nuevo carácter sagrado, con su Olimpo de ídolos, con su dogmático credo laico, con sus ritos despojados de todo misterio y a la par más difíciles de descifrar que los egipcios jeroglíficos.
La superficialidad es el vicio más apetecible del momento. Se ha transformado en el primer mandamiento, en la primera de las virtudes, en la reina de la colmena y en la divinidad del nuevo santuario. Es el nuevo becerro de oro.
Tiene su multitud inmensa de fieles que cada año peregrinan a ninguna parte y que como buenos prosélitos, igual que antaño durante las Veneralias para honrar a Venus Verticordia y a Fortuna Viril, beben el cocetum hecho con adormidera triturada disuelta en leche y endulzada con miel, que supuestamente, era la misma bebida tomada por Venus el día de su boda con Vulcano.
La adormidera disuelta en leche y endulzada con miel es, querido Samuel, indispensable para que este vicio produzca sus efectos de vértigo placentero.
Los entregados a este vicio tan de moda pasan por el agua sin mojarse, atraviesan el fuego sin quemarse, banquetean sin saborear el alimento, ven sin mirar, hablan sin pensar y piensan sin pensar, es decir, no piensan.
Es este un vicio que idiotiza la mente y enfría el corazón. Es una magnífica máquina que produce miles de imbéciles por segundo. Máquina perfectísima que logra que un imbécil no se pueda distinguir de los otros dos mil novecientos noventa y nueve ni por el más mínimo detalle. Es como si fuesen un sólo imbécil repetido en millares de clones.
La máquina lo hace todo. El imbécil no tiene que hacer nada.
La superficialidad engancha, querido Samuel. Cuanto más se practica más difícil es resistir a su atracción. Uno se envicia en ella como el borracho en el vino, como el dependiente en la droga, como el ladrón en el hurto. 
Embriaguez, intoxicación y robo suenan a vicio fuerte, pero no es tan fuerte como la superficialidad, y es que este vicio supremo se ha hecho un hueco en sociedad y cuenta con el aplauso y la aprobación general. Los otros vicios han quedado "demodé", pero este tiene certificado de posmodernidad que es como el pedigrí del no va más.
No sería bueno, mi querido amigo, que pretendiésemos abordar la cuestión de nuestra propia identidad sin espantar el fantasma que ronda, la superficialidad.
Con todo afecto de tu amigo
Jonatán

domingo, 2 de junio de 2013

SABER QUIEN SOY



Querido Samuel:
No deja de soprenderme positivamente, amigo mío, tu claridad de ideas como cuando afirmas: "sé quien soy".
¿Puede eso sorprender a alguien? Yo pienso que sí, y te digo el porqué.
Como ya hemos hablado entre nosotros en distintas ocasiones, ambos coincidimos en que la superficialidad es una nota característica y dramática de nuestra sociedad. Una gran multitud de personas viven su existencia  sin plantearse no ya grandes interrogantes, sino aquellos que son los más elementales para vivir una vida digna de seres dotados de razón e inteligencia, en definitiva una vida digna de seres humanos.
No deja de ser sorprendente hasta que punto muchos han asumido los asertados de ciertas filosofías nihilistas y materialistas, cuando son personas que jamás han dedicado ni un segundo a la reflexión personal y mucho menos todavía a reflexionar sobre los postulados de dichas filosofías.
Se trata de personas que "viven al día", sin más complicaciones, y por eso sin profundidad. Sin darse cuenta ellos mismos se han convertido en profetas de la nada, pregoneros del vacío existencial, coleccionistas de experiencias y sensaciones de vértigo, pero siempre a nivel de epidermis. Su universo es bien reducido; es el universo de la confusión y de la ignorancia. 
Confusión, porque se confunde el vértigo con el éxtasis. Ignorancia, porque jamás han gozado de auténticas experiencias de éxtasis, pues estas no se producen en los niveles superficiales de la existencia sino en lo profundo del espíritu humano.
¿Cómo, pues, no va a sorprenderme tu afirmación? Y no lo digo por tu juventud, sino por la afirmación en sí misma. No se suele hoy en día hablar acerca del "ser" sino más bien del "tener". 
¡Cuántos conocemos, querido Samuel, que confunden lo que ellos son con lo que tienen!
Creen ser aquello que tienen o aquello de lo que carecen. Esperan ser ellos mismos en la medida en que alcancen a tener aquello que desean.
He aquí una de las causas que están en la raíz misma de la crisis humanística y existencial de nuestros días: la confusión entre el ser y el tener.
¿Recuerdas cuando estudiábamos en Filosofía el fundamento ontológico del hombre?
Cuánta confusión ha acarreado el "cógito ergo sum" de Descartes.
¿Pienso, luego existo? ¿Es anterior el conocimiento a la existencia? ¿Pienso, luego existo, o porque existo puedo pensar? ¿Sólo existe aquello que es pensado o conocido por mí o por los otros? ¿ Es el pensamiento lo que da el ser a cuanto existe? ¿No puede existir aquello que nunca ha sido pensado ni conocido?
La duda metódica puede acercarnos a la verdad y ayudarnos a profundizar en ella, pero puede también sumirnos en el agnosticismo más irracional y oscuro.
Cuando la vida personal se asienta toda la ella sobre la duda existencial es para echarse a temblar. Ya no hay fundamento. Ya no hay cimiento sólido sobre el que construir. Sólo cabe entregarse al disfrute de lo efímero, de lo que "tengo" ahora y ya, pues dentro de un rato ya no lo tendré. Todo se reduce a un alocado devenir, a una vorágine de sucesos desconexos. No queda nada a lo que asirse y entonces irrumpe el vértigo existencial: ¡Que paren este mundo que yo me bajo! ¡Y si nadie lo para yo me bajo igual!
O bien, me dedico a exprimir todo lo que aparece en cada "presente" y rápido, antes de que de inmediato se transforme ya en pasado. Y sin pensar, sin meditar, porque no hay tiempo que perder. ¡Esto se va y se va deprisa! ¡No hay tiempo para pensar! ¡Pensar es perder tiempo de vivir! ¡Vivamos sin pensar!
¿Y la esperanza? ¿Qué es eso? No hay lugar para la esperanza. ¡Sólo tengo el ahora! ¡No perdamos tiempo!...
¿ A que todo esto te suena, amigo mío?
El Homo sapiens se extingue para dar paso a su siguiente eslabón que es el Homo consumus. ¿ O sería más acertado Simio consumidor?... Un depredador de cuanto se presenta y aparenta ser satisfactorio. Así,  sin más discernimiento.
¿Recuerdas, Samuel, que en una ocasión Jesús preguntó a sus discípulos quién decían las gentes que era Él?
Ciertamente la pregunta no la hizo porque estuviese sufriendo una crisis de identidad personal. Por el contrario, lo que pretendía era precisamente darse a conocer como quien realmente era, el Hijo de Dios hecho hombre.
Y vamos, entonces, con una segunda confusión también muy frecuente. Se trata de confundir quien realmente soy con aquel que los otros dicen que soy.
Aquí nos encontramos con dos peligros. El primero de ellos consiste en creerme todo lo que los otros dicen de mí aunque me conozcan superficialmente, aunque no me conozcan, aunque tengan una idea realmente equivocada de mí. Y asumir lo equivocado de los juicios ajenos sobre mi persona, fueren positivos o negativos.
¡Cuidado, yo soy quien realmente soy y no quien dicen los otros de mi! El juicio de los otros puede estar basado en un juicio erróneo. Ellos no están en mi interior. Los otros no conocen mi corazón si yo no les muestro la realidad de mi corazón por dentro. Los otros no escuchan la voz de mi conciencia que me manifiesta la verdad  o la mentira acerca de mí mismo, la bondad o la maldad por las que opto en mi interior.
No debo asumir, sin más,  como retrato personal, como imagen verdadera de mi rostro lo que los demás digan acerca de mí. 
El segundo de los peligros consiste en edificar mi vida sobre la apariencia. Confundir quien realmente soy con lo que aparento ser ante los otros. En este caso yo mismo sería el primer engañado; el más dañado, sin duda alguna.
Los dos peligros conducen a quienes no los esquivan a vivir una esquizofrenia, a asumir una doble personalidad cuyas consecuencias son devastadoras tanto a nivel personal como en el ámbito de las relaciones interpersonales.
"Pero si mi amigo antes no era así. Ahora me ha traicionado". "Cuando me casé con esta persona no era así. Ahora parece que no la conozco". Son lamentos que escuchamos muy a menudo. ¿No es así Samuel?
Mi amigo claro que era sí, lo que ocurre es que o bien yo no lo conocía como realmente era, o él no se dio verdaderamente a conocer. 
El esposo o la esposa ya antes eran así, pero maquillaron su manera de ser auténtica, o tú no quisiste ver la realidad del otro. Lo idealizaste, cerraste tus ojos a la realidad.
La mentira sobre uno mismo acaba dañando a la propia persona y siendo causa de sufrimientos a veces muy grandes para los otros, para los que han confiado. La mentira siempre es destructora.
Hoy quiero agradecerte, amigo mío, el haberme hecho recordar esa pregunta tan importante, quizás la más importante de todas cuantas pueda plantearme. ¿Quién soy? ¿Quién soy realmente yo? Para ello hay que sumergirse y bucear en las entrañas del corazón, en ese mar interior que somos nosotros mismos.
Te invito a que te sumerjas nuevamente tú también y profundices en la respuesta.
Cuando volvamos a la superficie continuaremos hablando amigablemente.
Cor unum et anima una, Samuel.
Jonatán

sábado, 25 de mayo de 2013

EL REGALO DE TU AMISTAD


Querido Samuel:
Dice el gran San Agustín: "¿Quién se atreve a hacer una lista de los bienes superfluos de este mundo?. Si quisiéramos recordarlos todos, no tendríamos tiempo suficiente. Podemos citar sólo los necesarios; los demás vendrían después. En esta vida sólo hay dos cosas que merecen la pena:la salud y la amistad".
Comprendes, entonces, que no considere nuestra amistad como algo superfluo sino como un bien necesario que es Dios mismo quien nos lo regala.
Como todo regalo que viene de Dios es un don preciado que hay que recibir con agradecimiento y humildad, cuidarlo con extrema delicadeza y perseverancia, y  hacerlo florecer en frutos dulces y sabrosos.
Si Agustín dice que en esta vida sólo la salud y la mistad merecen la pena, comprenderás que estime nuestra amistad más aún que mi salud.
¿Para que podría querer yo la salud si me viese privado del don de la amistad?
Es por eso que puedo comprender la verdad revelada en la Sagrada Escritura:"El que encuentra un amigo encuentra un tesoro" (Proverbios 17, 17) 
Sabemos bien que los tesoros no se encuentran a pie de calle. Son contadas las personas que han encontrado un tesoro a lo largo de su vida.Casi todos viven y mueren sin haber encontrado jamás un tesoro.
La verdadera amistad tampoco se encuentra a pie de calle. Aquél que dice que tiene muchos amigos es que no tiene ninguno, o es que no sabe qué cosa sea la amistad.
Hay gran confusión a nuestro alrededor respecto de tema tan importante, de bien tan necesario, de tesoro tan valioso.
¡Cuántos, Samuel, viven creyéndose rodeados de amigos para en un momento descubrir que en realidad siempre han estado solos!
¡No muestres tu corazón, amigo mío, más que al amigo probado!
¡Cuántos prueban a diario el sabor amargo de la decepción al descubrir que los supuestos amigos los han entregado con un beso traidor y mentiroso!
Sólo el correr de los años permite verificar al amigo verdadero y desenmascarar a los falsos e interesados.
Sí, Samuel, la amistad sólo es verdadera cuando lleva en su seno la semilla de la eternidad. Y esa semilla no la poseemos los humanos. Sólo Dios tiene semillas de eternidad.
¿No nos es lícito, entonces, dudar que pueda existir amistad verdadera entre corazones que  rechazan y excluyen a quien tiene las semillas de la eternidad?
¡Qué lejos está la amistad de la mera confluencia de intereses! Sean intereses del tipo que sean. No sólo económicos o materiales. Pueden ser intereses de mera compañía, de simpatía, de divertimento o también de simple atracción.Intereses, al fin y al cabo, que cuando se esfuman se constata amargamente el equívoco en el que se vivía.
"La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas", decía Aristóteles. La amistad, Samuel, es como árbol que hunde sus raíces en la tierra de la gratuidad. Árbol plantado a las orillas del río portador de las aguas limpias, frescas y cristalinas de la fidelidad, de la lealtad, de la mutua confianza y de la reciprocidad.
La reciprocidad es la base de la amistad, pero no del amor. Puede haber amor sin reciprocidad, pero nunca amistad.
No deja de ser curioso, Samuel, que Agustín no mencione el amor entre los dos primeros bienes necesarios en este mundo. ¿Será que la amistad verdadera  es el amor en su grado más elevado?
Así define la Sagrada Escritura la amistad entre el santo rey David y Jonatán: "El alma de Jonatán quedó ligada al alma de David, y Jonatán lo amó como a sí mismo" (1 Sam 18, 1).
"Lo amó como a sí mismo"... He ahí la amistad, el amor en su grado más elevado.
Y la reciprocidad de David hacia Jonatán, expresada con motivo de la muerte del amigo. También del todo sugerente, querido Samuel: "Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán, que me fuiste muy dulce; más maravilloso me fue tu amor, que el amor de las mujeres". (2 Sam 1, 26)
Recordemos siempre, Samuel, que"El esplendor de la amistad no esta en la mano extendida, en la sonrisa gentil o en el gozo de la compañía recíproca, sino en la unión espiritual, donde alguien cree en nosotros y esta dispuesto a fiarse de nosotros. Los verdaderos amigos aman compartir los momentos preciosos de la vida y el gustar juntos las pequeñas cosas de la existencia. Esta amistad es totalmente grande que no se puede expresar en palabras sino que se debe probar". Una comunión espiritual que lleva a compartir no sólo los gozos sino también y sobre todo los dolores de la existencia.
¡El amigo es salud y medicina! ¡Es tu mano permanentemente asida a la mía!
Entonemos, pues, amigo mío, nuestro canto a la amistad. Demos gracias por el don recibido, por esa luz que brilla en nuestros corazones y espanta la oscuridad de las soledades, del vacío y de los miedos.
Tu amigo:
Jonatán