martes, 15 de octubre de 2013

PARA CONOCERSE UNO A SÍ MISMO


Querido Samuel:
γνῶθι σεαυτόν, "Conócete a ti mismo", tal era el aforismo que estaba inscrito  en el pronaos del templo de Apolo en Delfos.
Hoy deseo compartir contigo que esta ardua tarea de conocerse uno a sí mismo se me antoja una meta cotidiana que ha de renovarse día tras día. Es como una obligación ineludible si no queremos renunciar a nuestra propia dignidad humana.
¡Cuán equivocados están todos aquellos que desprecian la filosofía como tarea inútil y estéril! 
Sabes bien como fácilmente uno se encuentra con el desprecio de aquellos que han renunciado al cultivo de la amistad con la sabiduría, que en eso consiste precisamente la filosofía.
Para los de mente materialista y corazón espeso la filosofía "no da de comer". Olvidan, sin embargo, que "no sólo de pan vive el hombre", y que una existencia plenamente humana no se alcanza únicamente llenando el estómago y satisfaciendo el apetito de los sentidos.
¿Por qué habríamos de conformarnos con saciarnos tan sólo del forraje de las algarrobas cuando están a nuestro alcance tantos manjares aptos para el deleite de nuestro espíritu?
El consumo masivo y exclusivo  de algarrobas que podemos constatar en nuestros días, metafóricamente hablando, nos está indicando hasta que punto tan alarmante se extiende la miseria espiritual y el imperio del "pensamiento débil".
Aceptar el reto de conocerse uno a sí mismo implica la valentía de no renunciar a los dolores del parto a sabiendas de que tras el doloroso alumbramiento sobreviene el gozo de la vida.
Hay que estar dispuestos a sufrir los estertores y sufrimientos que comportan  el parto de la sabiduría y de la verdad que anidan en nuestro espíritu para gozar de la calidez y del brillo de su luz.
¿No te parece que renunciar a ello es renunciar a nuestra más preciada posibilidad, precisamente la que nos define como seres espirituales, racionales y por lo tanto humanos?
Nuestra vida puede transformarse en un alumbramiento cotidiano de verdad y de sabiduría; en un parto doloroso, pero festivo y vivificante, de luz y nueva vida.
Es magnífica la concepción que Sócrates tenía de la filosofía. La observación de su propia madre, que ejercía de comadrona, le sirvió para ejemplarizar la misión del filósofo que consiste en ayudar a los otros a dilatar la mente y el espíritu para parir la sabiduría y la verdad que se gestan dentro de nosotros mismos.
Ese mismo proceso, querido amigo, podemos descubrirlo en la historia de la humanidad donde las sucesivas generaciones van incrementando el patrimonio de sabiduría y alumbrando nuevos trechos de conocimiento y verdad.
Somos herederos de un patrimonio inmenso que nos han legado la multitud de pensadores, de filósofos, de científicos, de teólogos,de hombres y mujeres que a lo largo de los siglos se han empeñado en la búsqueda nobilísima de la auténtica sabiduría, del bien y de la verdad; patrimonio  que no debiéramos ni ignorar ni despilfarrar, convirtiéndonos de ese modo en herederos indignos de tan valioso legado.
Estoy firmemente persuadido, querido Samuel, que para disponerse a ese "parto" con garantías de éxito es del todo imprescindible el presupuesto de la HUMILDAD. La soberbia  intelectual, la arrogancia espiritual terminan por abortar la sabiduría, el bien y la verdad.
Hemos de construir sobre lo que ya está edificado y bien cimentado. Hemos de ir edificando piso sobre piso para que el edificio vaya creciendo en altura. Somos eslabones de una cadena que se van engarzando los unos en los otros.
Si cada generación cae en la arrogancia de partir siempre de cero, despreciando los desvelos y los logros alcanzados con esfuerzo y tesón por los que le han precedido, el resultado será siempre el fracaso estrepitoso.
No se avanza mediante la duda permanente como sistema, ni entregándose a una enfermiza desconfianza, sino más bien edificando sobre las certezas heredadas y añadiendo nuevas certezas.
En nada contribuyen al progreso de la humanidad los sofistas de todos los tiempos.
Los resultados de la arrogancia intelectual están bien a la vista y podemos comprobarlos amargamente en el nihilismo, en el materialismo, en la pérdida de todo sentido y dimensión transcendente del ser humano, en la aparente imposibilidad para encontrar un sentido coherente a la historia de la humanidad y a la propia existencia; en la violencia de los sistemas totalitarios no sólo políticos, sino también de pensamiento único que se esconden bajo apariencias democráticas y de falsa libertad.
Quizás nunca la humanidad ha pagado un precio tan alto por las estafas filosóficas como el que están pagando la modernidad y la posmodernidad.
La dictadura del pensamiento único ha declarado la guerra a la misma razón humana. La verdad no existe por sí misma, sino que se "crea" y se "inventa". No existe una verdad "objetiva", sino trozos de verdades, y hasta verdades contrapuestas y contradictorias, pero que se califican todas de "verdad".
Se niega con cinismo cualquier posibilidad de que la razón humana pueda alcanzar la verdad. Ya la verdad no es más la adecuación del pensamiento humano con la realidad y el ser de las cosas. Ya no se permite a la razón ir más allá de aquello que se puede contar, pesar y medir. Se acaba por negar la validez del conocimiento especulativo para aceptar como único dogma el conocimiento de la ciencia experimental, amputando de este modo las posibilidades y el alcance de la razón y del conocimiento humano.
La degeneración del pensamiento humano y la dictadura del relativismo y del pensamiento único y uniforme ha llegado a la desfachatez de la persecución implacable contra el derecho a sostener racionalmente una concepción creacional del universo y del ser humano.
Sin ceder al fatalismo podemos afirmar que nos encontramos ante la más cruel, cínica e irracional dictadura de pensamiento jamás sufrida por la humanidad. La sana filosofía sobrevive permanentemente asediada y atormentada bajo las botas de las ideologías imperantes.
No faltan quienes para consolarse afirman que el tiempo de las ideologías se ha terminado. Es mera apariencia, pues aún concediendo que las masas hayan abandonado la militancia en las ideologías, sin embargo aquellos que las manejan y conducen lo hacen desde una clara y radical militancia ideológica.La búsqueda del poder y del dinero pueden constituirse de facto en las más perniciosas de todas las ideologías.
Conocerse a sí mismo es propósito inalcanzable cuando se rehuye la pregunta sobre los propios orígenes. Y planteamiento de solución imposible cuando se parte del error mismo sobre el propio origen.
Partir "a priori" de la nada, de la casualidad o del sin sentido es entregarse de lleno en manos del más terrible fatalismo y cercenar las inmensas posibilidades de la razón y del espíritu humano.
¿Podemos confiar en el alcance de la razón humana para hallar una respuesta sobre nuestro origen, sabedores y conscientes de que en ello va el verdadero conocimiento sobre nosotros mismos y sobre el sentido de nuestra propia existencia? ¿Podemos fiarnos de la sabiduría natural que ha guiado los pasos de la humanidad iluminando el camino de las generaciones que nos han precedido desde la noche de los tiempos?
Hago mías las palabras de Pablo de Tarso: " En efecto, lo cognoscible de Dios es manifiesto entre ellos -refiriéndose a los gentiles-, pues Dios se lo manifestó; porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras. De manera que son inexcusables, por cuanto, conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se entontecieron en sus razonamientos, viniendo a obscurecerse su insensato corazón; y alardeando de sabios, se hicieron necios, y trocaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de la imagen del hombre corruptible y de aves, cuadrúpedos y reptiles".
Mi querido Samuel, es contemplando las obras de Dios, la creación, las creaturas y a nosotros mismos que podemos encontrar la respuesta sobre nuestro origen y a partir de ahí, y sólo a partir de ahí, comenzar a conocernos a nosotros mismos y hallar la respuesta sobre el  sentido de nuestra vida y sobre el alcance verdadero de nuestra existencia.
¡Ojalá estemos firmemente persuadidos de este único camino que nos libra de la insensatez y de la necedad imperantes!
Cor unum et ánima una.
Jonatán

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